A los soñadores siempre les dicen lo mismo: «bajá a la realidad», «dejate de fantasear», «poné los pies en la tierra». Como si soñar fuera una forma elegante de escaparse del mundo, como si los que sueñan perdieran el tiempo mientras los demás «hacen cosas serias».
Yo te voy a decir lo contrario. Los que sueñan son los únicos que están realmente despiertos. Todos los demás están dormidos creyendo que están despiertos. Soñar no es escaparse del mundo: es animarse a verlo distinto, mirar lo que hay y atreverse a imaginar lo que podría haber. Es desafiar el «siempre fue así» con un «¿y si fuera de otra manera?».
Los que se animaron
La historia está llena de personas que parecían «soñadoras» hasta el día en que lo lograron.
Howard Schultz entró a trabajar en una pequeña cafetería de Seattle llamada Starbucks. Hizo un viaje a Italia y volvió encendido por una visión: traer la cultura del café italiano a Estados Unidos. Sus jefes le dijeron que no. Schultz se fue, juntó plata, compró la marca y la transformó en una cadena de más de 32 mil locales en 83 países. Todo arrancó con un viaje y una imagen mental que no pudo sacarse de la cabeza.
Uri Levine, israelí, fundador de Waze, se frustraba con el tránsito de Tel Aviv y soñó en 2007 con una app donde los propios conductores cargaran las rutas en tiempo real. Le dijeron que era una idea rara. Seis años después, Google le pagó 1.150 millones de dólares por su empresa. Después fundó Moovit y la vendió a Intel por otros mil millones. Su frase de cabecera: «Enamorate del problema, no de la solución.»
Dos personas, dos países, dos épocas. Dos sueños que sonaban absurdos cuando empezaron y obvios cuando terminaron.
Por qué Israel es la «Start-Up Nation»
Israel es un país del tamaño de la provincia de Tucumán, rodeado de enemigos, sin recursos naturales, fundado hace menos de 80 años. Y sin embargo tiene más empresas tecnológicas listadas en Nasdaq que toda Europa junta. ¿Cómo se explica?
Hay muchas capas, pero la más profunda es esta: es un país construido por soñadores. Gente que llegó a un desierto con poco más que una idea y se preguntó «¿qué podría llegar a ser esto?» en lugar de «¿qué tengo?». Esa pregunta cambia todo. El kibutznik que plantó el primer árbol en una tierra que parecía muerta, el ingeniero del riego por goteo, el programador de las primeras líneas de Waze: todos eran soñadores. Pero soñadores que actuaban.
El sueño y la acción son hermanos
En el judaísmo hay una idea hermosa. Cuando la Torá describe la creación del mundo, dice que Dios creó todo «laasot», que en hebreo significa «para hacer». Es decir: el mundo no terminó el séptimo día. Quedó inconcluso a propósito, para que vos lo termines, para que cada uno sume su parte.
«Todo lo creó Dios para que sea hecho.»Bereshit 2:3
Soñar es escuchar ese llamado. Es animarse a preguntar «¿qué parte del mundo me toca terminar a mí?» y, después, lo más importante: ponerse a hacer. Por eso soñar no es escaparse; es despertarse al verdadero trabajo de tu vida. El que se escapa fantasea frente a la pantalla del celular. El que sueña se despierta, se levanta y empieza a construir.
Empezá hoy
No hace falta que tu sueño sea Waze, Starbucks ni el Estado de Israel. Puede ser un emprendimiento, un libro, una familia, una causa, una versión mejor de vos mismo. Lo importante no es el tamaño del sueño: es la decisión de animarse a tenerlo.
Ahora mismo hay alguien soñando algo y empezando a moverse. Dentro de diez años, cuando esté cosechando lo que sembró, los demás van a decir «qué suerte tuvo». Pero no fue suerte: fue que un día se animó a despertarse. Te toca a vos. Hoy.