Hay frases que parecen simples y, sin embargo, te dan vuelta la cabeza para siempre. Esta es una de esas, y te la cuento como me la contaron a mí, en la voz de la mujer que la vivió: Mrs. Miryam Swerdlov, una maestra de historia judía que pasó más de treinta años enseñando y guiando viajes por Israel y las tierras de la ex Unión Soviética.

Un aeropuerto, una tormenta y veinte mujeres varadas

Era 1967. Mrs. Swerdlov había viajado a Detroit a una convención de N'shei Jabad, la organización de mujeres del movimiento. Cuando terminó, ella y otras veinte mujeres fueron al aeropuerto a tomar el vuelo de vuelta, con los maridos y los chicos esperando en casa. Llegaron a la puerta de embarque y se enteraron: vuelo cancelado. Tormenta de nieve. Nada volaba esa noche.

Acordate del contexto: no había celulares ni WhatsApp. La única forma de avisar era un teléfono público a moneda. La líder del grupo llamó a las oficinas de Jabad en Brooklyn y atendió el secretario del Rebe. Le dijo, casi sin saludar: «Estamos atascadas en Detroit.» El secretario la puso en espera, fue a hablar con el Rebe y volvió con una frase que iba a cambiarles la vida:

«El Rebe sabe muy bien qué quiere decir atascadas. Lo que el Rebe dice es que un judío nunca está atascado.»

Lo que hicieron las veinte mujeres

Detenete en ese momento. Veinte mujeres cansadas, apuradas, en medio de una tormenta. Podrían haberse enojado. Pero entendieron al toque: si el Rebe decía que no estaban atascadas, entonces estaban exactamente donde tenían que estar. Y si estaban donde tenían que estar, era porque ahí había algo para hacer.

¿Qué se les ocurrió? Sacaron las velas de Shabat que llevaban en las valijas y empezaron a recorrer el aeropuerto. A cada mujer judía que se cruzaban, le regalaban un par de velas y le explicaban en dos minutos cómo se enciende Shabat, cómo se dice la bendición, por qué esa lucecita del viernes a la noche cambia el alma de una casa. Décadas después, Mrs. Swerdlov contaba que hay mujeres por todo Estados Unidos que prenden velas hasta hoy porque esa noche se «quedaron atascadas» en Detroit. Solo que no estaban atascadas: estaban en misión y todavía no lo sabían.

La idea grande detrás de la frase chica

Acá hay una enseñanza que el Baal Shem Tov, fundador del jasidismo en la Polonia del siglo XVIII, puso en el centro de todo: la Hashgajá Pratit, la providencia divina detallada. Para él, no hay un solo movimiento en el mundo que sea casualidad. Una hoja que se cae del árbol y rebota tres veces en el piso lo hace porque así fue querido. Mucho más entonces vos, que sos una persona con un alma divina y un propósito infinito.

Si esto es verdad, no existe el «atascado». Lo que vos llamás atasco es, en realidad, una asignación: una tarea que todavía no descubriste, una persona que tenés que conocer en esa sala de espera, una sonrisa que alguien necesita justo ahí. El atasco no existe porque, donde sea que estés, ahí hay algo para hacer. Y ese algo es tuyo.

Otra historia de la misma Miryam

Hay una segunda historia que va al mismo lugar desde otro ángulo. En 1968 Mrs. Swerdlov se contagió rubéola estando embarazada y su hijo Avremi nació sordo. Fue durísimo. Además daba clases de cuarto grado y tenía en el aula a un nene, Eddie, que la sacaba de quicio: le tiraba cosas, la provocaba, la volvía loca. Empezó a pensar que Eddie era un mensaje, que tal vez tenía que renunciar a la escuela y dedicarle toda su vida a su hijo sordo. La culpa la comía.

Le escribió una carta al Rebe con la pregunta: ¿tendría que dejar de enseñar y quedarme en casa? La respuesta fue inesperada: «El Rebe dice que tenés que buscarte un interés afuera de tu casa.» Ella pensó que se habían equivocado, que había preguntado lo opuesto. Pero el secretario, calmo, le preguntó su nombre completo y le dijo: «Entonces esa es la respuesta del Rebe para vos.»

Cuando cayó la ficha, entendió: si se encerraba con Avremi para «salvarlo», él se iba a convertir en otro Eddie. Ella necesitaba expandirse, no retraerse. Ese mismo año fundó el capítulo de N'shei Jabad de New Haven. Decía: «El Rebe me conocía a mí mejor de lo que yo me conocía a mí misma.»

Dos caras del mismo error

Si juntás las dos historias, el error tiene dos caras:

  • Creer que estás atascado: que tu circunstancia es un obstáculo que te impide cumplir tu misión.
  • Creer que tu misión es otra cosa y que vos ya sabés cuál es, tomando decisiones desde la culpa y no desde la verdad.

Las dos te alejan de tu misión real: una porque la querés escapar, la otra porque la querés reemplazar por la que vos pensaste. Y la respuesta a las dos es la misma: donde estás, ahí es donde tenés que estar. La diferencia entre el que sueña en grande y el que se queja no está en las circunstancias, está en la mirada. El que se queja dice «qué injusto, estoy atascado». El que sueña en grande dice «interesante, ¿qué tengo que hacer acá?».

Tu turno

Esta semana, cuando te encuentres con algo que parece un atasco —un vuelo cancelado, una reunión que se cae, un plan que se frustra— antes de quejarte, hacete una sola pregunta: ¿para qué me trajo Dios a este momento exacto? Y si con Dios todavía no te hablás: ¿qué hay para hacer acá que solo puedo hacer yo? Quedate en silencio, mirá quién está cerca, mirá qué tenés en la mano. Y después, sin apuro, hacé eso. Aunque sea chiquito.

La ideaEl atasco no existe: lo que existe es una misión que todavía no descubriste.