Hay una frase que escribió el rey Salomón hace tres mil años y que, cuando la entendés bien, te cambia el sistema operativo.

«Soné matanot yijie» — «El que aborrece los regalos, vivirá.» (Mishlei 15:27)

Parece raro. ¿Por qué alguien odiaría los regalos? Lo que dice Salomón es esto: el que vive esperando que el otro le dé, muere por dentro. El que no espera nada de nadie, y se hace cargo de su propia vida, vive. Vive con dignidad, con fuerza, porque dejó de mendigar y empezó a construir. En una época donde casi todo el mundo siente que el mundo le debe algo, es una idea revolucionaria.

El soldado del Duvdevan

Mauro Stendel, un argentino que se fue a Israel a los diecisiete y entró al Duvdevan (la unidad de élite del ejército israelí), contaba que en las marchas largas por el desierto había un compañero que siempre la sacaba mejor: siempre tenía agua cuando los demás se quedaban secos, siempre llegaba más lejos.

Un día Mauro lo encaró y le preguntó su truco. El otro le contestó: «Soné matanot yijie. Yo no espero nada de nadie. Cuando salgo a la marcha, sé que el agua me la tengo que bancar yo. Si confío en que alguien me va a pasar la cantimplora, me hago el distraído. Si sé que solo cuento conmigo, salgo preparado». No era más fuerte ni más rápido. Había decidido que nadie le debía nada, y desde ese lugar salía preparado a la vida.

«Tratá a tu esposa como a un vecino»

Antes de casarme fui a ver a un rabino que respeto mucho y le pedí un consejo, uno solo, de los importantes. Me dijo: «Tratá a tu esposa como tratarías a un vecino». Lo miré con cara rara. Y me explicó:

«¿Vos esperás algo de tu vecino? No. Si te abre la puerta cuando te ve cargado, te parece un gesto lindo. Si te presta un destornillador, agradecés. Todo lo que recibís del vecino lo recibís como un regalo. Ahora pensá con la esposa: venimos de una casa donde la mamá nos lavaba la ropa y nos cocinaba, y al casarnos esperamos que la esposa haga todo eso, como si nos lo debiera. Entonces todo lo que hace nos parece poco. Si la tratás como a un vecino, todo lo que ella haga lo vas a vivir como un regalo, y tu matrimonio va a respirar.» Vale igual al revés: la deuda asfixia en los dos sentidos; el regalo respira.

«Nadie te debe nada. Y todo lo que recibís, recibilo como regalo.»

La trampa del «me lo merezco»

«Me merezco un aumento.» «Me merezco que me traten mejor.» «Después de todo lo que hice, me merezco al menos un gracias.» El problema no es querer cosas ni pedirlas: es la palabra merecer. Cuando sentís que algo te lo merecés, convertís a la otra persona en deudora y al universo en un cajero automático que te tiene que escupir billetes. Y cuando el cajero no escupe, te enojás, te frustrás, te victimizás. El que cree que se lo merece no recibe nunca lo suficiente, aunque le llueva del cielo.

Moshé, el que se sentía un salvado

Un príncipe egipcio criado en el palacio, con todos los lujos del imperio, sale un día a ver cómo viven los esclavos hebreos y defiende a uno. ¿Por qué salió del palacio, si tenía permiso para olvidarse? La respuesta está en su nombre.

La hija del Faraón lo llamó Moshé diciendo «porque de las aguas lo saqué». Pero si quería decir «lo saqué del agua», debería haberlo llamado Mashui, en forma pasiva: «el que fue sacado». En cambio lo llamó Moshé, la forma activa: «el que saca, el que rescata». Es como llamarlo «el salvador» en vez de «el salvado». Rav Yissocher Frand enseña que ese nombre marcó su personalidad entera: de sus diez nombres, el único con el que Dios le habla siempre es Moshé.

Moshé toda la vida se vio como un salvado. Sabía que estaba vivo de prestado, que su lugar en el palacio era un regalo y no un derecho. Y por eso, justamente, salió a salvar a otros.

«El que se siente salvado, sale a salvar. El que se siente con derecho, sale a reclamar.»

El filántropo y la fila

Se cuenta de un sobreviviente de la Shoá que en Estados Unidos se convirtió en un gran filántropo. Un periodista le preguntó por qué daba tanto, y contó: «Cuando estaba en la fila para la selección, paralizado sin saber qué decir, alguien atrás mío que ni conocía me susurró: decí que sabés cocinar. Lo dije, me mandaron a la derecha, y me salvé. Nunca supe quién era ni pude agradecerle. Solo sé que yo tuve un ángel. Y desde ese día decidí ser un ángel para otros». No daba porque le sobraba: daba porque vivía cada día como un regalo prestado.

Cómo entrenar la mirada del salvado

  1. Empezá el día con una lista de regalos, no de pendientes. Antes de pararte, nombrá tres cosas que recibiste sin merecerlas.
  2. Tratá a los más cercanos como vecinos. No es bajar la vara: es soltar la deuda.
  3. Cuando algo te frustre, cambiá la pregunta. En vez de «¿por qué me pasa esto a mí?», preguntate «¿de qué otra cosa fui salvado hoy?».
  4. Cada noche preguntate: ¿de quién fui el ángel hoy? La gratitud verdadera siempre se convierte en generosidad.

Pensá en una sola cosa que hoy tenés y que perfectamente podrías no tener. Ahora preguntate: ¿esto me lo debía alguien? Si la respuesta es no —y siempre es no—, entonces tenés un regalo en las manos. Y los regalos no se reclaman: se agradecen y se honran. El día que lo entendés de verdad, dejás de vivir cobrando y empezás a vivir regalando.

La ideaNadie te debe nada: soltá la lista de lo que el mundo te debe, viví cada cosa como un regalo y sé un ángel para otros.